dijous, 20 desembre de 2012

Liddell, otra vez

No es sólo que cite a William Goyen diciendo "No puedo soportar una vida en la que sólo estemos los muebles y yo". Es más. Aún guardo -de esos libros que sabes que no debes perder-, Frankestein y La historia es la domadora del sufrimiento: 2006, en el que escribió para la capitana. Aún tenía entonces el mar, aún estábamos delgados. El consuelo de querer sólo a los perros, o la imagen que borró de Clement, el perro de Houellebecq en un ataúd. Sé que Moscú es una ciudad horrible. Recordar La casa de la fuerza. Y el refugio, de nuevo en las montañas, la solución. 

 "Mi madre nunca me ha querido. Y por eso me convirtió en un monstruo de amor. Siempre he deseado más amor del que me podían ofrecer. Siempre he deseado el amor que no encontré en mi madre. Y por eso le pedí a los hombres un amor gigantesco, sin condiciones, sin límites, sin final, como supongo que debe ser el amor de una madre. Los monstruos del amor somos increíblemente ingenuos. Creemos en las cimas y en la vida en las cimas. Y eso es imposible. En la cima te congelas, te comen los buitres, o te mueres de hambre. Recuerdo la historia de una muchacha que subió descalza hasta una cima, en Alicante, el cerro de las Águilas. Antes de marcharse, dijo, me voy porque es el fin del mundo, se tendió tranquilamente, y murió. En las cimas uno siempre está solo. Los alpinistas del amor somos solitarios que llevamos a cuestas la máxima altitud. He llegado a la conclusión de que toda mi vida he buscado el amor de una madre. Y yo he amado con la bestialidad de una madre, de una novia, de una hermana, de la patria y de los ahogados del Sena, todo junto.” 

 Angélica Liddell, La casa de la fuerza



1 comentari:

Lluís Bosch ha dit...

Creo que debería buscar el libro que citas, no sé porqué. Bueno, si: para leerlo.