dimecres 20 de febrer de 2013

If winter ends


 ...But I fell for the promise of a life with a purpose 
But I know that that's impossible now
And so I drink to stay warm 
And to kill selected memories 
'cause I just can't think anymore about that 
 Or about him tonight 
And I give myself three days to feel better 
Or else I swear I'll drive it off a fucking cliff 
'cause if I can't learn to make myself feel better 
How can I expect anyone else to give a shit? 
And I scream for the sunlight 
or a car to take me anywhere 
Just get me past this dead and eternal snow
 'cause I swear that I'm dying, slowly but it's happening 
And if the perfect spring is waiting somewhere 
Just take me there, just take me there, just take me there 
And say, and lie to me, and say, and lie to me, and say 
It's going to be alright...

dijous 24 de gener de 2013

De lo que podría ser y no será



Es inevitable pensar en las vidas que ya no viviremos cuando éstas se nos ponen delante y les cerramos la puerta en las narices. Es inevitable y es triste, porque siempre nos quedará la duda de si habrían sido mejores: siempre habrá algún momento en el que, aunque sea por unos instantes, nos arrepintamos de no haberlas vivido. Y día que pasa, no vuelve.

El 31 de agosto de 2011 un avión despegaba hacia Estocolmo desde el aeropuerto de Alicante. Un asiento llevaba mi nombre, un asiento vacío. En ese avión volaban ilusiones, sueños, vidas que no viviría. Alguien esperaba en el puerto, ese puerto familiar, para seguir adelante. Y adelante siempre era más al norte. Norte, nieve, mares helados, el hogar por encima del Círculo Polar Ártico. Los viajes que soñábamos cada noche. Los perros que soñábamos cada noche. Los mapas que cada noche recorríamos con la punta de los dedos. El recuerdo de todos los viajes, todos los perros, todos los mapas que ya habíamos vivido. El recuerdo de los mejores años de nuestras vidas, de los sueños que ya habíamos cumplido.

Hace unos días, un coche esperaba al otro lado de los Pirineos. Sólo tenía que cruzar un túnel. Segundas partes nunca fueron buenas, o al menos no tan buenas como las primeras, y el coche se fue. De nuevo un asiento llevaba mi nombre, de nuevo un asiento vacío volvía hacia el norte. En ese coche viajaban ilusiones, sueños, otra vida que no viviré. En ese coche viajaba, probablemente, una última oportunidad.

Echo de menos los días en que cualquier cosa era posible. Los días en que sólo había que ponerse en camino, no había nada que no pudiera ser, ningún lugar al que no pudiéramos llegar, no había metas inalcanzables. Me gustaría tener el empuje de entonces, las ganas, el deseo, y no esta tranquilidad que apesta a tumba, a resignación disfrazada de satisfacción, esta sucesión de días y semanas sin sobresaltos, un encefalograma plano. No quiero volver a arrepentirme. Pero no puedo evitar, cuando veo que los compañeros de aventuras mejores que la presente se embarcan hacia Groenlandia, acuden a carreras que veíamos inalcanzables hace unos años, patean montañas de ensueño, siguen atravesando con sus trineos y perros bosques familiares, aparecen en revistas internacionales como máquinas en lo suyo, navegan al otro lado del Atlántico, y todo eso mientras siguen y siguen soñando con cuál será la próxima, hacia dónde... cuando veo todo eso, vuelvo a preguntarme si no me habré equivocado, si no estaré arrepintiéndome ya. 

Quisiera que esta vez valieran la pena las renuncias. 

dimecres 16 de gener de 2013

Perras

Hay algo que todos sabemos, o al menos deberíamos saber. Pero preferimos olvidarlo, obviarlo: hacer como que no existe, porque lo que no se habla se borra, desaparece. Hay algo que todos sabemos, y es que, con casi absoluta seguridad, vamos a sobrevivirles. Siempre creí que no volvería a pensar en la inminencia del final hasta que mis perras fueran viejas, hasta dentro de muchos años, porque aunque sabemos que no van a ser tantos, nos gusta pensar que sí, que van a estar siempre. De otra manera, probablemente, no elegiríamos compartir nuestras vidas con ellos. 

 Hace unos días murió Nivala. No había cumplido todavía los cinco años. Dejó de ser mi perra a las pocas semanas de empezar a serlo, porque yo vivía en Noruega y antes había vivido también en Finlandia y había navegado y había viajado y había dormido cada noche en un portal, y hacía mucho que mi perro había muerto demasiado joven (Jondo, qué distinto habría sido todo si no hubieras llegado en el momento equivocado; no habrías muerto cuando no te tocaba, para empezar, ni habrías pasado tanto tiempo en una jaula) y empezaba a dejar de llorarlo –aún lo sigo haciendo, sólo tengo que decir la J y ya me sobra, lo lloro unos minutos, luego paro, a veces hasta sonrío al recordarlo, y lo digo, él era un hijodeputa, un perro cabrón e hijodeputa, pero yo lo era más, diez veces más cabrona e hijaputa que él-, y dije vale, hasta aquí, ya tengo bastante, quiero otra cosa, quiero tener alguna certeza en la vida más allá de la del hombre que no sé si va a estar siempre, más allá de la de la casa que ahora es esta y mañana otra: quiero volver a tener un perro que sea mi perro, como si un perro trajese ESO, eso que es esa certeza, la del algo para siempre, algo siempre a tu lado, como si el siempre fuese siempre lo mismo. Y así empecé a buscar en protectoras, un perro nórdico porque una de las pocas certezas que tengo, pensaba entonces, es que seguiré en el norte; un perro que no vaya a pasar frío, y grande, que tenga posibilidades de aprender a ir en un trineo con más perros. 

El candidato ideal fue adoptado antes de que yo me decidiera, y me pasaron fotos de Nivala, que entonces se llamaba Nefer. Era un cruce de husky porque así lo dijeron, cuyos hermanos habían sido todos adoptados precisamente por parecer huskys, y ella no, ella era fea, orejuda, y callejera sin ninguna duda. Y dije que sí, adelante, imprimí el formulario de adopción y lo mandé desde Noruega hasta Valencia, y un mes después, a los pocos días de aterrizar en Alicante, viajaba con mi amiga Andrea hasta Burjassot y la recogía. Cuando llegó el momento de irme de nuevo, a Finlandia esta vez, habían pasado suficientes días como para que mis padres le cogieran tanto cariño que me dijeron que nada de llevármela. Que por nada del mundo. Y en el fondo, cuando volví a Finlandia, me alegré, por ella. Supongo que habría acabado haciéndose a aquella vida, pero la que llevó aquí le gustó más, con toda seguridad. Corta, pero mucho mejor que la que yo habría podido darle. En el fondo, yo tampoco quería tener perro entonces, sólo quería otra cosa, ESA cosa. Tuvo el calor de un hogar en el que la querían, y la mimaban, y conocían cada uno de sus gestos, y yo no habría podido darle, entonces, nada sino carretera, compañía, los mimos justos y a repartir entre otros, frío, y amor, todo el amor del mundo, pero de amor sólo no es uno feliz. 

También, pienso a veces, si hubieras llegado ahora, todo sería distinto, y sería conmigo, pero creo que no cambias por nada la vida que te dieron, la que yo no te di. Porque a veces, no sé si por voluntad o porque no queda más remedio o porque las circunstancias obligan a ello, acabamos cambiando. Y ahora serías –qué coño, lo eras igualmente la mayor parte de los días de la semana, siempre menos cuando nos íbamos, y a veces cuando nos íbamos también-, parte de esta locura de familia en la que los perros son mayoría, y en la que estamos aprendiendo a ser felices. Podríamos tener algo más, y tú al menos tenías un techo y nosotras ahora no, como no tenemos tantas otras cosas, pero ya nos llegará el momento, y al menos te llevábamos a comer a casa día sí día también y sé que durante el día nuestra casa con suelo de hierba y tierra te gustaba más. No te llevamos aquel día. ¿Hubiera sido algo diferente? No lo sé. 

Se murió Nivala esta semana pasada, así sin avisar, sin esperarlo, y aún entro en casa de mis padres y la llamo y cuando no viene me echo a llorar. Todos sabemos que son cosas que pasan, que nos pueden pasar, pero siempre ocurren a otros. Mis perras van a vivir siempre y a quien me diga lo contrario le parto la cara, así de claro. Qué más da que sepamos que no, y que no, y que no. Miro a Dober ahora mismo, acostada a mis pies, mientras leo que la perrera en la que fue abandonada, Etxauri, en Pamplona, lleva toda la tarde inundándose, y que varios perros han muerto ahogados o se han matado entre ellos hasta que por fin se ha organizado su evacuación. La miro y pienso en cosas, y miro a su lado, las otras dos niñas de la casa, y pienso más aún. Y sé que el tiempo va a pasar y que no podemos hacer nada, y que aunque no pase el tiempo,a veces ocurren otras cosas, y que vamos a sobrevivirles. 

 Unos amigos han perdido ahora también a una de sus perras, una de esas pérdidas antes de tiempo, de las que no tocaba. Prefiero no pensar que no les dimos todo lo que pudimos darles, e irme a dormir con la certeza de que lo hicimos lo mejor que supimos hacerlo. Y sé que Nivala nunca habría podido imaginar una vida tan buena para ella, y que si le dieran a elegir, volvería a vivirla en L’Alqueria. Y sé que Rillu no podía haber tenido mejores compañeros de dos y cuatro patas que los que tuvo.

dijous 20 de desembre de 2012

Liddell, otra vez

No es sólo que cite a William Goyen diciendo "No puedo soportar una vida en la que sólo estemos los muebles y yo". Es más. Aún guardo -de esos libros que sabes que no debes perder-, Frankestein y La historia es la domadora del sufrimiento: 2006, en el que escribió para la capitana. Aún tenía entonces el mar, aún estábamos delgados. El consuelo de querer sólo a los perros, o la imagen que borró de Clement, el perro de Houellebecq en un ataúd. Sé que Moscú es una ciudad horrible. Recordar La casa de la fuerza. Y el refugio, de nuevo en las montañas, la solución. 

 "Mi madre nunca me ha querido. Y por eso me convirtió en un monstruo de amor. Siempre he deseado más amor del que me podían ofrecer. Siempre he deseado el amor que no encontré en mi madre. Y por eso le pedí a los hombres un amor gigantesco, sin condiciones, sin límites, sin final, como supongo que debe ser el amor de una madre. Los monstruos del amor somos increíblemente ingenuos. Creemos en las cimas y en la vida en las cimas. Y eso es imposible. En la cima te congelas, te comen los buitres, o te mueres de hambre. Recuerdo la historia de una muchacha que subió descalza hasta una cima, en Alicante, el cerro de las Águilas. Antes de marcharse, dijo, me voy porque es el fin del mundo, se tendió tranquilamente, y murió. En las cimas uno siempre está solo. Los alpinistas del amor somos solitarios que llevamos a cuestas la máxima altitud. He llegado a la conclusión de que toda mi vida he buscado el amor de una madre. Y yo he amado con la bestialidad de una madre, de una novia, de una hermana, de la patria y de los ahogados del Sena, todo junto.” 

 Angélica Liddell, La casa de la fuerza



dimecres 19 de desembre de 2012

Volver a casa



Finales de agosto en las montañas noruegas del Jotunheimen, la temporada turística de verano había acabado, sólo nos quedaba un fin de semana de vértigo con un festival de cine de montaña, y dejarlo todo cerrado para el invierno. Un buen amigo de Logroño vino de vacaciones y bajamos al fiordo de Luster a pasar un par de días. La Lustrabui Bakery y sus bollos bien merecían una y varias visitas, y dormimos en el Dalsøren Camping, ya sin veraneantes, y preparándose también para cerrar. Había allí un chico polaco que iba todos los veranos a hacer la temporada, y comentando cómo había ido, qué iba a hacer después, él habló de volver a casa. Así lo dijo, volver a casa. Yo entonces no había decidido aún qué iba a hacer más allá del quince de septiembre, aunque intuía de nuevo Finlandia pero no estaba segura. Lo que sí sabía con total certeza es que no tenía casa, aunque lo más parecido que sentía a un hogar era el norte de Finlandia. No sabía, ni tampoco me importaba, en qué momento había dejado de tener una casa a la que volver, ni cómo se hacía para recuperarla. Me bastaba cualquier lugar en el que ser feliz por más o menos tiempo, pero siempre con la conciencia de la ida en cualquier momento: la alegría de la provisionalidad. Aquella noche en el camping, un erizo quiso entrar en nuestra tienda de campaña. 

El pasado viernes volví aquí después de nueve días fuera. Tenía que volver, de otra manera esos días hubiesen sido muchos más. La XXI Travesía de Los Monegros con Perros de Tiro me hizo recordar por qué me enamoré un día de esto que es el mushing (me niego a reducirlo a “deporte”). Ha sido genial formar parte de ello un año más… aunque no puede ser que cada vez que veo un tiro de perros recuerde que hubo un tiempo en que mi vida era de otra manera, mucho mejor de lo que es ahora y que eso no va a volver. Luego hicimos un par de paradas que duraron varios días; me gusta que Saima, Pirena y Dober se hagan tan fácilmente a ir de aquí para allá. Hacemos un buen equipo las cuatro juntas arriba y abajo, lo mismo les da campo que ciudad. Pero tuvimos finalmente que volver. No hubiese vuelto. 













El caso es que semanas antes llevaba viendo un zorro en el camino que lleva desde Muro hasta L’Alqueria, una zona repleta de huertos y algunas casitas, en la que no hay controles de la Guardia Civil ni puede irse a más de 30km/h. Siempre voy por ahí, todas las noches. Ya no lo veo desde que he vuelto, probablemente lo hayan matado. Hay mucha gente por ahí que tiene gallinas, habrán visto al zorro y le habrán pegado un tiro. Me hubiese gustado advertirle, decirle que volviera a irse hacia la montaña, que de aquí lo mejor que uno puede hacer es mantenerse lejos, pero no le dije nada, sólo nos quedábamos mirándonos a través del cristal del coche cuando a él lo sorprendían las luces, y luego sin prisa seguía su camino. Pobre. Hace unos años atropellamos a un zorro. Fue durante un verano en el que no me perdía una sola partida de pelota. Andaba con uno que compartía la afición, y nos íbamos de aquí para allá, siempre borrachos, siempre por caminos por los que no hay Guardia Civil y cruzan jabalís y zorros. Lo vimos, un golpe seco, frenazo. Aún estaba vivo cuando bajamos del coche, y luego se murió. Yo dije algo de cogerlo, llevarlo al veterinario, no sé, tonterías, y él me dijo eso, no digas tonterías. También lloré, y él me dijo no hagas tonterías, es un zorro. Todo lo que yo decía eran siempre tonterías. Decía que algún día me iría muy al norte y él me decía no digas tonterías. Decía que quería viajar y él me decía no digas tonterías. Hace poco lo vi en un bar y me preguntó si no volvía a irme para arriba. Le dije que no quería. Él me dijo que no dijese tonterías, que cómo iba a quedarme aquí pudiendo irme. 

Me acordé de aquel zorro el invierno pasado. Volviendo de Confrides se nos cruzó una gineta. Nunca había visto una, pero quien iba conmigo no parecía compartir mi entusiasmo. Quise contarle que un montón de años atrás, cerca de allí, había atropellado a un zorro yendo con alguien, pero antes aún de empezar a decirlo, sólo de pensar en decirlo, ya pensé en el zorro muriéndose y me entraron ganas de llorar. Me callé. Llorar por un zorro atropellado son tonterías. También aquellas noches nunca quería volver a casa, aunque tenía un lugar al que llamar casa aunque no acabase de serlo. Me hubiese pasado las noches enteras dando vueltas con el coche, aunque entonces aún no había vuelto a conducir. Aún lo haría, porque seguimos sin tener adónde volver. Y no hay nada que desee más ahora mismo, aunque sólo sea por unos días, unas semanas. Un sitio al que desear volver cada noche. Un sitio en el que el camarero del bar me hable del tiempo cada mañana cuando vaya a tomar el café con leche. Sólo eso. Necesito estar en casa, donde sea que eso quede. Y no me gustaría que quedase más al norte de los Pirineos. 

diumenge 2 de desembre de 2012

Laponia era eso (XXIV)

Aquella en Kuusamo sí fue una Navidad especial, como nunca lo había sido antes, o como nunca lo había sido desde que pasa eso que es hacerse mayor; tampoco, ni aún estando más al norte, volví a tener una Navidad como esa, aunque seguían siendo especiales, querían decir algo.
 
Ya van dos diciembres lejos de casa. Sin calendario de adviento con chocolates Panda. Sin motivos para coger la caladora y hacer unos cuantos renos de madera y colgarlos del árbol de Navidad con un lacito rojo. Sin galletas de gengibre en forma de perro. Sin nadie a quien regalarle una bufanda y unos guantes nuevos. Sin dibujar postales con perros tirando del trineo de Joulupukki.

Ya llevo para escuchar en el coche a todas horas un recopilatorio de villancicos en finlandés. A ver si traen ellos un poquitín de la ilusión de aquellos días.  
 
 


 

dijous 29 de novembre de 2012

Esto no es aquello (III)

El frío adelgaza, el frío adelgaza, repetía él cada vez que yo me preguntaba cómo podía estar él tan delgado con todo lo que comía y cómo yo, comiendo más pero tampoco demasiado más y currando lo mismo, iba subiendo escalones en la báscula y tallas de pantalón. Que el frío adelgaza, ya, pero yo prefería no tener frío, abrigarme bien antes de salir de casa. Para él, la parte del pasarlo mal físicamente iba implícita en lo que hacíamos. Supongo que eso le otorgaba un plus de autenticidad, no sé, un punto más verdadero. Más de una vez se me congeló algo sin gravedad, sobre todo por descuidos y mala planificación, o mejor dicho, por dejadez y pereza, pero siempre intenté no pasar más frío del inevitable (con el inevitable me sobraban a mí dosis de autenticidad, vamos que si me sobraban).
Los últimos tres días aquí se ha empezado a notar el frío, y cuando el primer día “fuerte” llegaron las amistades al tomar algo envueltas en mil capas, dos lo preguntaron: “tía, ¿cómo aguantabas el frío de allí?”. Luego rogaron por la pronta vuelta del verano, añoraron en voz alta los bikinis y la playa y los baños en las pozas de la zona. Me tocó defender el frescorcillo frente a ese ataque de pro-calores, y recordé eso que decía Louis, que el frío adelgaza, porque no había manera de esgrimir argumentos mejores que los suyos en el estúpido debate verano/invierno frío/calor. Ahora, una de mis amigas no sólo ha dejado atrás el abrigo volviendo a la chaquetita de punto, sino que además confiesa que desde que dije aquello va por dentro de casa poco abrigada.
Dice que ya nota los resultados.