diumenge, 16 febrer de 2014

Kanin Nos, ahora sí

Aunque anuncié recientemente que abría nuevo blog y olvidaba este último yoik, el no estar del todo convencida con la apariencia de ese nuevo Kanin Nos -quizá porque son muchos años en Blogger y a pesar de las posibilidades de personalización que ofrecen sus plantillas, necesitaba otra cosa- me llevó a probar en otras plataformas, para acabar de decidirme -sin estar, tampoco, del todo convencida con el resultado, por lo que respecta a la apariencia, pero siendo lo que hay muy aproximado a lo que pretendía- por quedarme en Wordpress. Así pues, y esperemos que para bastante tiempo, mi nuevo blog en el que hablar de los nortes sin llorar por ellos es ahora http://kaninnos.wordpress.com 

Allí nos vemos, y saludos, por cierto, desde el aeropuerto de Oslo. 

dimecres, 8 gener de 2014

Kanin Nos

Hace ya tiempo que este blog se convirtió en hombro para llorar, paño secalágrimas o vertedero sin más de insatisfacciones y tristezas propias; una pequeño charco sucio lleno de buenos recuerdos que una vez podridos empezaban a apestar. Lo que no pretendía ser más que un blog en el que hablar acerca del norte ha acabado siendo un llanto a la vida perdida que ya cansa. Sólo el nombre ya es premonitorio: "El último yoik", como si el mundo fuera a acabarse. Y no es así. Recientemente, probablemente llevada por el tedio del invierno en el norte, abrí otro blog para hablar básicamente de lo mismo: del norte, del frío, de perros de tiro en tierra, de perros de tiro en nieve, del Ártico y del Antártico, del sur, del mar y de los mares, de libros en los que hay perritos y osos polares y morsas... en fin, de todas esas cosas. Se llama Kanin Nos y podéis encontrarlo en http://kaninnos.blogspot.com  

Kanin Nos, más allá del evidente juego de palabras, es una península al norte de Rusia que da al Mar Blanco por un lado y al Mar de Barents por el otro, un lugar del que me enamoré perdidamente aún sin haberlo pisado nunca gracias al periodista polaco Mariusz Wilk y su diario de viaje por las Islas Solovetsky y el Mar Blanco. Allí les espero. 


diumenge, 6 octubre de 2013

Saimarnerk. Se llamó Saimarnerk porque Saimarnerk quería decir consuelo en inuit, y de eso se trataba, de consolarse después de un cataclismo. ¿Habrá medicina mejor, manera más efectiva de recuperar ilusiones perdidas, que la llegada de un cachorro a casa? Funcionó. Y seguía funcionando: un año y medio después, Saima continuaba siendo una cachorrita, una cachorrita grande, pero una cachorra por dentro. Descarada, traviesa, cariñosa como nadie, saltarina. Quién se resistía a esos ojos azules, quién. 

Hace más de dos semanas que Saima no está, que desapareció sin más, y nadie se atreve a decirlo, nadie se atreve a decirme, lo que todos pensamos. No hay ya consuelo posible, nada que alivie de nuevo tras los desastres, los cataclismos. Saima no está y se abren de nuevo agujeros, y todo ha dejado de tener sentido aquí. 


dilluns, 23 setembre de 2013

La vida que nos hemos perdido

A veces, muy pocas veces, cuando como ahora desayuno junto al pan de L'Alqueria unos trozos finos -tan finos como me deja el puukko que me regalaste con mi nombre grabado- de un asqueroso fiambre de ballena que acabaré por dar a los perros. A veces, muy pocas veces, como cuando desde Nome en Alaska preguntas cómo estamos, qué hacemos, dónde iremos, cuándo nos ponemos en marcha. A veces, muy pocas veces, como cuando recuerdo que has llegado allí en un velero que ha navegado entre hielos por el Paso del Noroeste desde Groenlandia. A veces, muy pocas veces, como cuando envías fotos en las que un esquimal te enseña su arpón, pienso en esa canción de los Manel que acaba diciendo que la vida que nos hemos perdido sencillamente no existe, y eso me consuela, o algo parecido. Aún así, a veces, pienso en ella, en esa vida que nos estamos perdiendo, que me estoy perdiendo, y me gustaría volar de nuevo hacia el norte como hacen los pájaros -recordarás aquel proverbio de la tundra rusa- cuando en el sur hace demasiado calor. Nadie me dio nunca unas alas como las que tú me pusiste en la espalda, y quizá lo peor sea pensar que nadie será capaz de darme alas de nuevo. Sigues volando, tú, y yo busco un nido en el que no vivirás, en el que anidarán otros que no serán tú. 

En un hogar de paredes blancas, algún día -será un hogar lleno de flores fuera y libros y discos dentro- engancharé a la nevera -con imanes en forma de renos- tus fotos de osos polares. Y cada mañana, cuando vaya a hacerme el desayuno, te daré las gracias por las alas que me pusiste a la espalda, esas alas grandes para volar lejos, sin saber, entonces, que lejos estábamos ya: que serían las alas con las que volar de vuelta a casa. 





dimecres, 20 febrer de 2013

If winter ends


 ...But I fell for the promise of a life with a purpose 
But I know that that's impossible now
And so I drink to stay warm 
And to kill selected memories 
'cause I just can't think anymore about that 
 Or about him tonight 
And I give myself three days to feel better 
Or else I swear I'll drive it off a fucking cliff 
'cause if I can't learn to make myself feel better 
How can I expect anyone else to give a shit? 
And I scream for the sunlight 
or a car to take me anywhere 
Just get me past this dead and eternal snow
 'cause I swear that I'm dying, slowly but it's happening 
And if the perfect spring is waiting somewhere 
Just take me there, just take me there, just take me there 
And say, and lie to me, and say, and lie to me, and say 
It's going to be alright...

dijous, 24 gener de 2013

De lo que podría ser y no será



Es inevitable pensar en las vidas que ya no viviremos cuando éstas se nos ponen delante y les cerramos la puerta en las narices. Es inevitable y es triste, porque siempre nos quedará la duda de si habrían sido mejores: siempre habrá algún momento en el que, aunque sea por unos instantes, nos arrepintamos de no haberlas vivido. Y día que pasa, no vuelve.

El 31 de agosto de 2011 un avión despegaba hacia Estocolmo desde el aeropuerto de Alicante. Un asiento llevaba mi nombre, un asiento vacío. En ese avión volaban ilusiones, sueños, vidas que no viviría. Alguien esperaba en el puerto, ese puerto familiar, para seguir adelante. Y adelante siempre era más al norte. Norte, nieve, mares helados, el hogar por encima del Círculo Polar Ártico. Los viajes que soñábamos cada noche. Los perros que soñábamos cada noche. Los mapas que cada noche recorríamos con la punta de los dedos. El recuerdo de todos los viajes, todos los perros, todos los mapas que ya habíamos vivido. El recuerdo de los mejores años de nuestras vidas, de los sueños que ya habíamos cumplido.

Hace unos días, un coche esperaba al otro lado de los Pirineos. Sólo tenía que cruzar un túnel. Segundas partes nunca fueron buenas, o al menos no tan buenas como las primeras, y el coche se fue. De nuevo un asiento llevaba mi nombre, de nuevo un asiento vacío volvía hacia el norte. En ese coche viajaban ilusiones, sueños, otra vida que no viviré. En ese coche viajaba, probablemente, una última oportunidad.

Echo de menos los días en que cualquier cosa era posible. Los días en que sólo había que ponerse en camino, no había nada que no pudiera ser, ningún lugar al que no pudiéramos llegar, no había metas inalcanzables. Me gustaría tener el empuje de entonces, las ganas, el deseo, y no esta tranquilidad que apesta a tumba, a resignación disfrazada de satisfacción, esta sucesión de días y semanas sin sobresaltos, un encefalograma plano. No quiero volver a arrepentirme. Pero no puedo evitar, cuando veo que los compañeros de aventuras mejores que la presente se embarcan hacia Groenlandia, acuden a carreras que veíamos inalcanzables hace unos años, patean montañas de ensueño, siguen atravesando con sus trineos y perros bosques familiares, aparecen en revistas internacionales como máquinas en lo suyo, navegan al otro lado del Atlántico, y todo eso mientras siguen y siguen soñando con cuál será la próxima, hacia dónde... cuando veo todo eso, vuelvo a preguntarme si no me habré equivocado, si no estaré arrepintiéndome ya. 

Quisiera que esta vez valieran la pena las renuncias. 

dimecres, 16 gener de 2013

Perras

Hay algo que todos sabemos, o al menos deberíamos saber. Pero preferimos olvidarlo, obviarlo: hacer como que no existe, porque lo que no se habla se borra, desaparece. Hay algo que todos sabemos, y es que, con casi absoluta seguridad, vamos a sobrevivirles. Siempre creí que no volvería a pensar en la inminencia del final hasta que mis perras fueran viejas, hasta dentro de muchos años, porque aunque sabemos que no van a ser tantos, nos gusta pensar que sí, que van a estar siempre. De otra manera, probablemente, no elegiríamos compartir nuestras vidas con ellos. 

 Hace unos días murió Nivala. No había cumplido todavía los cinco años. Dejó de ser mi perra a las pocas semanas de empezar a serlo, porque yo vivía en Noruega y antes había vivido también en Finlandia y había navegado y había viajado y había dormido cada noche en un portal, y hacía mucho que mi perro había muerto demasiado joven (Jondo, qué distinto habría sido todo si no hubieras llegado en el momento equivocado; no habrías muerto cuando no te tocaba, para empezar, ni habrías pasado tanto tiempo en una jaula) y empezaba a dejar de llorarlo –aún lo sigo haciendo, sólo tengo que decir la J y ya me sobra, lo lloro unos minutos, luego paro, a veces hasta sonrío al recordarlo, y lo digo, él era un hijodeputa, un perro cabrón e hijodeputa, pero yo lo era más, diez veces más cabrona e hijaputa que él-, y dije vale, hasta aquí, ya tengo bastante, quiero otra cosa, quiero tener alguna certeza en la vida más allá de la del hombre que no sé si va a estar siempre, más allá de la de la casa que ahora es esta y mañana otra: quiero volver a tener un perro que sea mi perro, como si un perro trajese ESO, eso que es esa certeza, la del algo para siempre, algo siempre a tu lado, como si el siempre fuese siempre lo mismo. Y así empecé a buscar en protectoras, un perro nórdico porque una de las pocas certezas que tengo, pensaba entonces, es que seguiré en el norte; un perro que no vaya a pasar frío, y grande, que tenga posibilidades de aprender a ir en un trineo con más perros. 

El candidato ideal fue adoptado antes de que yo me decidiera, y me pasaron fotos de Nivala, que entonces se llamaba Nefer. Era un cruce de husky porque así lo dijeron, cuyos hermanos habían sido todos adoptados precisamente por parecer huskys, y ella no, ella era fea, orejuda, y callejera sin ninguna duda. Y dije que sí, adelante, imprimí el formulario de adopción y lo mandé desde Noruega hasta Valencia, y un mes después, a los pocos días de aterrizar en Alicante, viajaba con mi amiga Andrea hasta Burjassot y la recogía. Cuando llegó el momento de irme de nuevo, a Finlandia esta vez, habían pasado suficientes días como para que mis padres le cogieran tanto cariño que me dijeron que nada de llevármela. Que por nada del mundo. Y en el fondo, cuando volví a Finlandia, me alegré, por ella. Supongo que habría acabado haciéndose a aquella vida, pero la que llevó aquí le gustó más, con toda seguridad. Corta, pero mucho mejor que la que yo habría podido darle. En el fondo, yo tampoco quería tener perro entonces, sólo quería otra cosa, ESA cosa. Tuvo el calor de un hogar en el que la querían, y la mimaban, y conocían cada uno de sus gestos, y yo no habría podido darle, entonces, nada sino carretera, compañía, los mimos justos y a repartir entre otros, frío, y amor, todo el amor del mundo, pero de amor sólo no es uno feliz. 

También, pienso a veces, si hubieras llegado ahora, todo sería distinto, y sería conmigo, pero creo que no cambias por nada la vida que te dieron, la que yo no te di. Porque a veces, no sé si por voluntad o porque no queda más remedio o porque las circunstancias obligan a ello, acabamos cambiando. Y ahora serías –qué coño, lo eras igualmente la mayor parte de los días de la semana, siempre menos cuando nos íbamos, y a veces cuando nos íbamos también-, parte de esta locura de familia en la que los perros son mayoría, y en la que estamos aprendiendo a ser felices. Podríamos tener algo más, y tú al menos tenías un techo y nosotras ahora no, como no tenemos tantas otras cosas, pero ya nos llegará el momento, y al menos te llevábamos a comer a casa día sí día también y sé que durante el día nuestra casa con suelo de hierba y tierra te gustaba más. No te llevamos aquel día. ¿Hubiera sido algo diferente? No lo sé. 

Se murió Nivala esta semana pasada, así sin avisar, sin esperarlo, y aún entro en casa de mis padres y la llamo y cuando no viene me echo a llorar. Todos sabemos que son cosas que pasan, que nos pueden pasar, pero siempre ocurren a otros. Mis perras van a vivir siempre y a quien me diga lo contrario le parto la cara, así de claro. Qué más da que sepamos que no, y que no, y que no. Miro a Dober ahora mismo, acostada a mis pies, mientras leo que la perrera en la que fue abandonada, Etxauri, en Pamplona, lleva toda la tarde inundándose, y que varios perros han muerto ahogados o se han matado entre ellos hasta que por fin se ha organizado su evacuación. La miro y pienso en cosas, y miro a su lado, las otras dos niñas de la casa, y pienso más aún. Y sé que el tiempo va a pasar y que no podemos hacer nada, y que aunque no pase el tiempo,a veces ocurren otras cosas, y que vamos a sobrevivirles. 

 Unos amigos han perdido ahora también a una de sus perras, una de esas pérdidas antes de tiempo, de las que no tocaba. Prefiero no pensar que no les dimos todo lo que pudimos darles, e irme a dormir con la certeza de que lo hicimos lo mejor que supimos hacerlo. Y sé que Nivala nunca habría podido imaginar una vida tan buena para ella, y que si le dieran a elegir, volvería a vivirla en L’Alqueria. Y sé que Rillu no podía haber tenido mejores compañeros de dos y cuatro patas que los que tuvo.